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¿Tiene sentido la existencia humana? ¿Qué le da sentido?
El término sentido posee varios significados. Filosóficamente, los más importantes son: el sentido entendido como finalidad o dirección; el sentido como significación, que remite al lenguaje como instrumento que permite decir algo que otra persona puede entender y el sentido como valor, como algo que vale la pena. En esta última acepción, el término sentido plantea el problema de la justificación de la existencia, si merece la pena vivir y qué es lo que hace que esta tenga sentido. y así entramos de lleno en el campo de la metafísica, la cual se ha hecho eco de algunas preguntas que ha interesado a la humanidad desde siempre: ¿que hago aquí? ¿qué sentido tiene mi vida? ¿qué importancia tiene algo si con la muerte todo se acaba? …
De manera orient
adora, podemos decir que la filosofía ha dado tres tipos de respuesta al problema del sentido de la existencia humana:
1. Hay un sentido transcendente: se trata de un sentido que rebasa la muerte. Esta es, en general, la posición de las religiones.
2. Hay un sentido inmanente: la existencia tiene sentido o valor pero la muerte supone un límite absoluto para la humanidad, por lo tanto, el sentido está más acá de la muerte.
3. No hay sentido: se afirma que la existencia humana y el mundo son absurdos. La propia pregunta por el sentido carece de sentido.
El sentido de la existencia es un problema filosófico y humano sin resolver, pero que está unido, sin duda, a la experiencia del dolor y a la certeza de la muerte.
a) El dolor: Hablamos de dolor si existe sufrimiento, si bien hya que distinguir entre el dolor físico y el dolor espiritual. El primero es
momentáneo, señal de que algo está dañado; ha de tener una causa y es de naturaleza física, localizable en una parte del cuerpo; en cambio, el segundo puede ser una racción o actitud ante la existencia y no es localizable corporalmente, pues no tiene una naturaleza física.
El dolor espiritual ha ocupado a los filósofos. Se considera una experiencia de angustia producida por multitud de causas como pérdida de alguien; insuficiencias afectivas; insuficiencias materiales; problemas de salud; insatisfacción con uno mismo… Se origina un estado de ánimo que denominamos de varias maneras: depresión, tristeza, melancolía, angustia, ansiedad.
Hay pensadores para los cuales el dolor espiritual no es una reacción ante las desgracias de la vida sino un rasgo inherente a nuestra existencia. Tal es el caso de Schopenhauer, este filósofo creía que la vida es dolor y este dolor sólo se evita renunciando a la vida misma. La voluntad humana es voluntad de vivir, de satisfascer todos nuestros deseos. Lograr lo que deseamos exige de nosotros un esfuerzo constante, y ni siquiera la satisfacción nos sirve, ya que después viene el hastío. La vida es un vaivén del dolor al hastío y del hastío al dolor. ¿Cómo salir de ese ciclo infernal? Schopenhauer propone el ascetismo, el desprecio de la vida, la indiferencia ante todo. Así ser elude el dolor y se alcanza la serenidad y la tranquilidad necesarias.
b) La muerte: Se entiende esta como la pérdida de propiedades características de la vida y que llevan la destrucción. Así les ocurre a las plantas, los animales y los seres humanos. Sin embargo, mientras en animales y plantas, la muerte es un hecho, en el ser humano además un elemento constitutivo de la propia vida. El ser humano es consciente de su propia muerte y ello condiciona toda su existencia. Como la muerte es algo que está más allá de la vida, algo inexperimentable, resulta un misterio saver en qué puede constituir en última instancia.
Por eso, sobre ella, caben dos concepciones:
1. La muerte definitiva: es entendida como el final definitivo de toda forma de vida. Pero caben dos actitudes ante esta perspectiva, la aceptación (omisión de cualquier temor o rebelión ante la muerte como en el epicureísmo) y el rechazo ( a pesar de su carácter inevitable, rebelión ante su carácter definitivo, no aceptarla como límite total de nuestra vida como en el pensamiento de Unamuno).
2. La muerte como tránsito: se mantiene que la destrucción del cuerpo no significa una destrucción total de la persona. Se acepta que la mente o el alma continúa viviendo, con lo cual la muerte sólo es un tránsito del alma a una vida distinta, mejor. Son muchas las teorías en este sentido: inmortalidad de nuestra mente; supervivencia de un alma universal en la que estamos todos; sucesivas reencarnaciones del alma en distintos cuerpos…
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